Así te presentas, conteniendo el aliento, procurando no delatarte, moviéndote cautelosamente, cual tigre al acecho, y a la vez, tiemblas por dentro, te sudan las manos, te duele el estómago, cual víctima anticipada. Así te presentas, intentando caminar derecho, intentando disimular la emoción, intentando tranquilizar la ansiedad, intentando (en vano) dejar de tener miedo.
Me gustaría ayudarte, en verdad me gustaría, pero digamos que aunque te muestres imperturbable me deleito con la gota de sudor que desfila diligentemente sobre tu cara, siguiendo una línea casi perfecta de tu frente hasta tu mejilla, el mismo camino que siguieron mis labios al principio. Esa frente que alguna vez pensó que ésta sería una buena idea. ¿Sorprendido? Yo también, cambiar el papel de víctima a victimario siempre sorprende a todos.
Te creíste increíblemente poderoso, lleno de vitalidad, lleno de fuerza, lleno de pasión. ¿Y ahora? Has quedado vacío, has quedado desinflado, destruido, malherido. Mala suerte, haber deleitado el dulce sabor del poder para luego verte encarcelado en la jaula que tú mismo ayudaste a construir.
Ahora soy yo a la que le importan más sus impulsos, aún sobre tus principios, ahora soy yo la Diablo. La vida cambia, muta, deberías haberlo sabido desde que tu madre te parió, es casi un conocimiento inherente al ser humano. Y sabiendo esta premisa deberías haberte preparado, deberías haber prevenido, no deberías haber abusado. Too little much too late.
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