9.09.2011

El Señor Elefante

Tiembla el suelo. Se empiezan a escuchar las pisadas a lo lejos cual tambores africanos. ¡Bum, bum! Retumban mis oídos. Los niños que jugaban en la calle me voltean a ver asustados. "Ha llegado el señor elefante" dicen en voz queda, asustados, petrificados.

El señor elefante nació hace no mucho en esta misma colonia, y obedeciendo a sus instintos sedentarios nunca había ido más lejos de su casa hasta que la necesidad de subsistir lo obligo a trabajar al otro lado del pueblo. Pero cuando regresaba era el terror de los niños, los cuales se escondían donde pudieran, haciendo llegar al límite su imaginación: abajo de los coches, en la copa de los árboles, entre las ropas de las viejitas que de pura casualidad paseaban por la calle. De boca en boca se escuchaban cosas terribles del señor elefante, que comía niños de botana, que te aplastaba con sus enormes pies, que con su gran trompa te lanzaba al infinito y quedas flotando en la atmósfera hasta que te hacías viejo y morías. 

Pero lo más curioso del señor elefante es que nadie nunca lo había visto, sólo llegaban los rumores de algunos niños que se habían perdido mientras pasaba el señor elefante por esa calle. Entonces mientras el sonido de las pisadas aumentaba y las piedras saltaban a cada paso del señor elefante los niños se acurrucaban donde pudieran, evitando ser vistos y evitando ver, no vaya a ser que el señor elefante sea como la Medusa y te petrifique con su impía mirada.

En cuanto los sonidos de las pisadas disminuían los niños iban saliendo uno por uno de sus escondites, contando las bajas: la pelota de Miguel quedó ponchada, a la muñeca de María le falta la cabeza, Pepito desapareció. Y así, con sus juguetes destruidos y el espíritu destrozado regresaban a su casa, tristes porque el señor elefante no los dejaba en paz.

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