8.24.2011

Mi instinto crustáceo

Te encuentras a mi lado, sentado en la arena, e intento gritarte pero no me escuchas, las olas revientan demasiado fuerte. ¿Porqué te paras? ¿No quieres seguir a mi lado? Dejas que las olas bauticen tus pies nazarenos, y me volteas a ver.
-Acércate, cangreja...
Mientras yo y mi instinto crustáceo nos refugiábamos en la piedra que se mueve, intentando encontrar asilo ante tu mirada que colapsa mundos. Y tú, tu lo sabes bien, y por eso te gusta verme así, haciendo que nuclearmente estalle por dentro.
Y te reíste, muy fuerte, extasiado, ante tu posibilidad de poder crear figuras que me dieran miedo o que me hicieran reír.
-Ven, Diablo, está linda la mar.
Y yo, que obedezco con fe ciega y estúpida, te hice caso. Pero cada paso que daba me alejaba más de la orilla, y te burlaste riendo demasiado fuerte, tan fuerte que fue lo único que escuché por días, tu maldita risa y su eco, y el eco del eco.
Pero al fin llegué a tu lado, no me volteaste a ver, te metiste en el mar cual tritón. Y yo en verdad no quería zambullirme en tus mentiras, pero lo hice, con todo y mis reservas. 
No volví a salir del mar. Mi epitafio se escribió con algas.

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